viernes, 24 de marzo de 2017

-10- LOS TERRIGENAS, una especie superior.-




                                           


                                                               -10 -

                     LOS TERRIGENAS, 
                           una especie superior 
 





   Eramos un grupo de  jóvenes, interesados en la investigación arqueológica, con la que pretendíamos el estudio de las diversas especies de La Tierra,  que podría llevarnos  a conocer mejor nuestra estirpe.      
  El hallazgo, por unos expedicionarios británicos,  de una extraña criatura congelada,  en buen estado de conservación, nos había entusiasmado.
  Habíamos decidido estudiar el tema, realizando personalmente las excavaciones que fueran necesarias, para tratar de desentrañar los  misterios de la evolución.
 Hasta ahora, los mayores hallazgos de restos fosilizados, se habían obtenido en zonas templadas o calientes, del continente africano, algunos en Asia y últimamente se habían hecho importantes descubrimientos en América.
  Por eso pudiera parecer extraño que hubiésemos decidido dirigirnos  hacia unas cumbres heladas; pero el hallazgo de los exploradores ingleses nos animo a iniciar  las primeras  investigaciones, sobre nuestros orígenes, en lugares inhóspitos, hoy prácticamente deshabitados, cubiertos por nieves perpetuas.
 No contábamos con medios y veíamos difícil lograr implicar a  personalidades de prestigio.
 Seriamos nosotros mismos, los que realizaríamos el esfuerzo de tratar de alcanzar aquellas regiones.   
 Pasó bastante tiempo hasta que, con la ayuda de  familiares y amigos, pudimos ver que nuestro proyecto empezaba a encauzarse y parecía tomar  buen cariz.
   Por haber tratado de orientar nuestras exploraciones en unas regiones de difícil acceso y bajas temperaturas, pasamos meses preparándonos, practicando en las técnicas de montañismo, para poder vencer las dificultades que habíamos de encontrar.
  El adentrarnos en regiones con temperaturas muy bajas, nos daba la esperanza de que las excavaciones,  seguramente,  nos permitirían hallar  restos y tejidos bien conservados de animales primitivos.  
  Fue casi un año, el tiempo que tardamos en estar en condiciones de iniciar la exploración.
 Gracias a la ayuda de un querido  profesor universitario de la facultad de ciencia Naturales, con fama de excéntrico, pero nunca suficientemente ponderado, el Dr. Churches, logramos implicar también a algunos  de sus colaboradores, dispuestos a estudiar y analizar nuestros posibles hallazgos.
  Era la primera vez que visitábamos el Tibet, en donde abundan las expediciones. 
 Sin embargo, no era nuestro propósito batir ningún record, alcanzando una elevada cumbre, ni  abrir alguna nueva ruta de acceso, como la mayoría de los exploradores que visitaban la zona. La nuestra era una expedición arqueológica. 
  Tampoco pretendíamos buscar restos  ya fosilizados, endurecidos o mineralizados de animales o vegetales, para investigar sobre especias primitivas, sino que nuestra exploración era mucho más ambiciosa. Esperábamos encontrar enterrados, en zonas glaciares o de nieves perpetuas, restos muy bien conservados de seres primitivos  procedentes de tierra firme o quizá el fondo de los océanos, tras los choques y los plegamientos de las placas tectónicas, que habrían elevado las cordilleras.  
   Nos encaminamos hacia algunas de las montañas más altas del Himalaya. 
   Cargados con los pertrechos, marchábamos despacio en nuestra exploración, buscando un lugar de refugio adecuado, para pasar una larga temporada, investigando en los lugares que nos parecían más propicios.      
   Recorrimos una extensa  altiplanicie cubierta de rocas, que nos dificultaban el avance, pero pudimos trasladar, con esfuerzo, los sofisticados instrumentos, con los que pretenderíamos alcanzar las capas más profundas de terrenos helados, donde confiábamos hallar materiales, que enviaríamos a los científicos  con los que manteníamos contacto permanentemente, vía satélite.
 Nos dirigimos hacia una zona muy fría, próxima al punto de origen de un glaciar, para tratar de encontrar allí, algún material orgánico interesante, como habían hecho los británicos.
  Cerca de una cumbre, cubierta de hielo, llegamos a  una hondonada, algo resguardada y protegida del viento,  en donde instalamos nuestro campamento, habilitando  un pequeño Laboratorio, que estaría en  estrecha conexión con los equipos  centrales de la Universidad, el verdadero Laboratorio de Investigación, a miles de kilómetros,  en  donde se encontraba  todo un equipo  provisto de la tecnología de vanguardia, que permitiría el análisis exhaustivo de todo el material.
 Estábamos impacientes por iniciar las excavaciones, en aquella zona de nieve congelada.             
Tras estudiar la superficie, marcamos las cuadriculas, que nos iban a permitir en todo momento, emplazar los posibles hallazgos, iniciando la perforación metódica del subsuelo y analizando sus características, para poder datar con la mayor precisión, la antigüedad de los diferentes estratos, que fuésemos alcanzando, mediante un moderno "laser" de profundidad.
 Atravesábamos las primeras capas de hielo, llegando hasta una zona a bajísima temperatura y gran dureza, en donde las sondas penetraban con dificultad. A pesar del calor que el roce debiera producir,  manteníamos la  temperatura muy baja, para evitar que se  deteriorase  cualquier estructura orgánica que pudiese aparecer. 
  Hacia un mes que había partido la expedición, y gracias a aquella tecnología avanzada, ya habíamos encontrado  algunos fósiles marinos y vegetales, incrustados en las rocas, pero calcificados.
  Inesperadamente, descubrimos los restos de un extraño animal, que recordaba, de algún modo, las características de los insectos o crustáceos actuales, recubierto exteriormente por una especie de placas de queratina muy                                           duras, que constituirían seguramente un escudo protector de las partes más vulnerables, pero además en su interior parecía insinuarse un incipiente endoesqueleto. Tenía como cuatro apéndices, como extremidades inferiores, quizá preparadas para la carrera, y dos superiores mucho más complejas. 
   En las inmediaciones, descubrimos vestigios de  diminutos animales invertebrados, algunos alargados y otros segmentados, que nos recordaron, de algún modo, a los actuales Tardígrados, tan resistentes a casi todo, y capaces de sobrevivir, tanto a bajísimas como a elevadas temperaturas y a muchas radiaciones, lo que  explicaría que se hubiesen conservado en tan buenas condiciones.
   Seguimos progresando en nuestra excavación por esa zona, sin perder la ilusión, hasta que nos sorprendió  encontrarnos con una superficie oscura y muy dura, como cristalizada, casi impenetrable, que nos dificultaba el avance, en donde no se podía identificar nada de apariencia orgánica, que  despertase interés.
  Aquello empezaba a echar por tierra los avances en nuestra investigación, y las esperanzas de lograr algún importante descubrimiento.
  Abandonamos la perforación en profundidad, olvidándonos de estas capas, que no parecía  que pudieran darnos dato alguno, por lo que decidimos volver a las áreas superiores,
  Nos centramos en las inmediaciones de la zona, donde habíamos encontrado los invertebrados, pero extendiendo ampliamente el área de excavación.
    En su proximidad no descubrimos nuevos materiales orgánicos; solo acúmulos de una especie de gránulos diminutos, de distintos aspectos, que con nuestros métodos de análisis no podíamos evaluar.
  En vista de ello cortamos el material, formando bloques cúbicos numerados, para que los reubicaran en el Laboratorio, reconstruyéndolos con su estructura original, y decidimos regresar.
  Preparamos los recipientes para su envío y organizamos todo,  para volar al Laboratorio central de la Universidad, a los pocos días.

  Llegamos desanimados, por no haber descubierto algo importante.
 Nos parecía, que los restos del animal encontrado, aunque fueran interesantes por ser una primicia, seguramente solo representarían  el final de alguna estirpe evolutiva, malograda por el cataclismo, que hubiese provocado la aparición de aquellos materiales durísimos,   que nos había inducido a suspender la exploración en profundidad.
   La llegada al Laboratorio Central de los últimos bloques de material, estaba provocando un cambio en la metodología que se venían aplicando hasta entonces.  
 Había que cartografiar todo lo recolectado, como si estuviera “in situ”, utilizando técnicas de ecografia, radiológias, resonancias, emisión de positrones, y luego analizarlo todo con la microscopia, fluorescencia y cromatografía.
 Mediante unas tecnologías muy complejas, se logró descubrir, que los pequeños gránulos eran restos biológicos, con características tisulares,  pero que se apartaban muchísimo de las que se observaban en los animales actuales  de la superficie terrestre.
  Realmente eran como vesículas, redondeadas,  alargadas o acampanadas, que quizá se pudiesen comparar con las diminutas medusas, que  invaden y se mueven con libertad por todos los mares, con una especie de cabellera en los extremos, de distintas proporciones y colorido. En su interior estaban completamente  vacías. Sin embargo, estimulando la corteza aparentemente muerta, en alguna de ellas se descubrió cierta luminosidad central, que denotaba la existencia de una capacidad energética sorprendente, a pesar de tener una masa estructural mínima.
 Aquello nos hizo pensar, que quizás  hubieran surgido como consecuencia de alguna descarga poderosa, similar a la producida por el choque de un gran cuerpo celeste, cuando se habían extinguido los dinosaurios, y que hubiese transformado, nuevamente, gran parte de la superficie del planeta, provocando la destrucción y cristalización del terreno, pero aportando a la Tierra, algunos elementos químicos, hasta entonces inexistentes, “inyectado”, al mismo tiempo, una energía inmensa, comparable a la que los humanos lograron con la fisión nuclear, y que seguramente habría provocado notables mutaciones,  en los escasos seres que hubiesen sobrevivido, dando origen a la formación de nuevas especies, con unas características muy diferentes, de estructura globular, invisibles a las restantes, pero que con la evolución habrían desarrollado unas capacidades inmensas,  dando origen a nuestros antepasados, con una gran inteligencia, e insignificante masa corporal, permitiendo que se desplegasen libremente sobre el planeta, pero sin necesidad de arrastrarse pegados a su superficie, como los animales terrestre y los humanos, sino que  pudieran empezar a vivir en la atmosfera terrestre, hasta los límites de la  magnetosfera,  de modo parecido a como hacen los peces en el mar.

   Gracias a unos hallazgos, que en un primer momento considerábamos irrelevantes, aquellos  acúmulos de pequeñas esférulas crio conservadas en las profundidades del hielo, eran el  origen de nueva línea evolutiva, que habia llegado a culminar en la especia actual de los Terrígenas, que habia conseguido alcanzar la cima de la pirámide de la evolución,  como la especia mas desarrollada, al no necesitar de una  estructura corporal compleja, como los demás animales de la Tierra.  De modo que podia vivir con plena autonomía, en cuatro dimensiones, moviéndonos en el “espacio-tiempo”, circulando entre pasado y futuro en un instante, a diferencia de los humanos que apresados en un “espacio” tridimensional, el tiempo  les arrastra a un  final inexorable , sin  posibilidad de retroceder.
  La especie humana, que nos  considerábamos  como  la mas desarrollada, en  la cumbre de la evolución, acabábamos de descubrir la  existencia de otra especia superior. Aunque  desde hace siglos, haya habido unos pocos humanos, con una capacidad excepcional, a los que consideraron: visionarios o “iluminados”, que fueron capaces de intuir su presencia ;  si bien para representarlos, tuvieron que darles una apariencia humana, como si lo perfecto no pudiera tener otra forma corporal. Sin embargo, sospechando que pudieran ser superiores, los consideraron dioses o espíritus, pero con sus mismos vicios, virtudes y sentimientos.
  Los Terrígenas, como una especie mas de la Tierra, viviendo en la cuarta dimensión, con la capacidad de desplazarse eternamente  en el tiempo, no estan sujetos a las limitaciones de una corta vida, como los humanos.
 Entre todas las restantes especies, los humanos, solo podríamos  conseguir la supervivencia tras la muerte corporal, cuando gracias a ella, pudiésemos desprendernos del contrapeso de nuestro cuerpo; aunque solo lo alcanzarían aquellos, que hubiesen logrado desarrollar plenamente sus valores anímico-espirituales, para así poder llegar de la mano de Beatriz, a la eternidad del Noveno Cielo.

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