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LOS TERRIGENAS,
una especie superior
Eramos un grupo de jóvenes, interesados en la
investigación arqueológica, con la que pretendíamos el estudio de las diversas
especies de La Tierra, que podría
llevarnos a conocer mejor nuestra
estirpe.
El hallazgo,
por unos expedicionarios británicos, de
una extraña criatura congelada, en buen
estado de conservación, nos había entusiasmado.
Habíamos
decidido estudiar el tema, realizando personalmente las excavaciones que fueran
necesarias, para tratar de desentrañar los
misterios de la evolución.
Hasta ahora,
los mayores hallazgos de restos fosilizados, se habían obtenido en zonas
templadas o calientes, del continente africano, algunos en Asia y últimamente
se habían hecho importantes descubrimientos en América.
Por eso
pudiera parecer extraño que hubiésemos decidido dirigirnos hacia unas cumbres heladas; pero el hallazgo
de los exploradores ingleses nos animo a iniciar las primeras
investigaciones, sobre nuestros orígenes, en lugares inhóspitos, hoy
prácticamente deshabitados, cubiertos por nieves perpetuas.
Seriamos
nosotros mismos, los que realizaríamos el esfuerzo de tratar de alcanzar
aquellas regiones.
Pasó bastante
tiempo hasta que, con la ayuda de
familiares y amigos, pudimos ver que nuestro proyecto empezaba a
encauzarse y parecía tomar buen cariz.
Por haber
tratado de orientar nuestras exploraciones en unas regiones de difícil acceso y
bajas temperaturas, pasamos meses preparándonos, practicando en las técnicas de
montañismo, para poder vencer las dificultades que habíamos de encontrar.
El adentrarnos
en regiones con temperaturas muy bajas, nos daba la esperanza de que las
excavaciones, seguramente, nos permitirían hallar restos y tejidos bien conservados de animales
primitivos.
Fue casi un año,
el tiempo que tardamos en estar en condiciones de iniciar la exploración.
Gracias a la
ayuda de un querido profesor
universitario de la facultad de ciencia Naturales, con fama de excéntrico, pero
nunca suficientemente ponderado, el Dr. Churches, logramos implicar también a
algunos de sus colaboradores, dispuestos
a estudiar y analizar nuestros posibles hallazgos.
Era la primera
vez que visitábamos el Tibet, en donde abundan las expediciones.
Sin embargo, no
era nuestro propósito batir ningún record, alcanzando una elevada cumbre,
ni abrir alguna nueva ruta de acceso,
como la mayoría de los exploradores que visitaban la zona. La nuestra era una
expedición arqueológica.
Tampoco
pretendíamos buscar restos ya
fosilizados, endurecidos o mineralizados de animales o vegetales, para
investigar sobre especias primitivas, sino que nuestra exploración era mucho más
ambiciosa. Esperábamos encontrar enterrados, en zonas glaciares o de nieves
perpetuas, restos muy bien conservados de seres primitivos procedentes de tierra firme o quizá el fondo
de los océanos, tras los choques y los plegamientos de las placas tectónicas,
que habrían elevado las cordilleras.
Nos
encaminamos hacia algunas de las montañas más altas del Himalaya.
Cargados con
los pertrechos, marchábamos despacio en nuestra exploración, buscando un lugar
de refugio adecuado, para pasar una larga temporada, investigando en los
lugares que nos parecían más propicios.
Recorrimos una extensa altiplanicie cubierta de rocas, que nos
dificultaban el avance, pero pudimos trasladar, con esfuerzo, los sofisticados
instrumentos, con los que pretenderíamos alcanzar las capas más profundas de
terrenos helados, donde confiábamos hallar materiales, que enviaríamos a los
científicos con los que manteníamos
contacto permanentemente, vía satélite.
Nos dirigimos
hacia una zona muy fría, próxima al punto de origen de un glaciar, para tratar
de encontrar allí, algún material orgánico interesante, como habían hecho los
británicos.
Cerca de una
cumbre, cubierta de hielo, llegamos a una hondonada, algo resguardada y protegida
del viento, en donde instalamos nuestro
campamento, habilitando un pequeño
Laboratorio, que estaría en estrecha
conexión con los equipos centrales de la
Universidad, el verdadero Laboratorio de Investigación, a miles de kilómetros, en
donde se encontraba todo un
equipo provisto de la tecnología de
vanguardia, que permitiría el análisis exhaustivo de todo el material.
Estábamos
impacientes por iniciar las excavaciones, en aquella zona de nieve
congelada.
Tras estudiar la superficie, marcamos las cuadriculas,
que nos iban a permitir en todo momento, emplazar los posibles hallazgos,
iniciando la perforación metódica del subsuelo y analizando sus
características, para poder datar con la mayor precisión, la antigüedad de los
diferentes estratos, que fuésemos alcanzando, mediante un moderno
"laser" de profundidad.
Atravesábamos
las primeras capas de hielo, llegando hasta una zona a bajísima temperatura y
gran dureza, en donde las sondas penetraban con dificultad. A pesar del calor
que el roce debiera producir,
manteníamos la temperatura muy
baja, para evitar que se
deteriorase cualquier estructura
orgánica que pudiese aparecer.
Hacia un mes
que había partido la expedición, y gracias a aquella tecnología avanzada, ya
habíamos encontrado algunos fósiles
marinos y vegetales, incrustados en las rocas, pero calcificados.
Inesperadamente,
descubrimos los restos de un extraño animal, que recordaba, de algún modo, las
características de los insectos o crustáceos actuales, recubierto exteriormente
por una especie de placas de queratina muy duras,
que constituirían seguramente un escudo protector de las partes más vulnerables,
pero además en su interior parecía insinuarse un incipiente endoesqueleto. Tenía
como cuatro apéndices, como extremidades inferiores, quizá preparadas para la
carrera, y dos superiores mucho más complejas.
En las
inmediaciones, descubrimos vestigios de
diminutos animales invertebrados, algunos alargados y otros segmentados,
que nos recordaron, de algún modo, a los actuales Tardígrados, tan resistentes
a casi todo, y capaces de sobrevivir, tanto a bajísimas como a elevadas
temperaturas y a muchas radiaciones, lo que
explicaría que se hubiesen conservado en tan buenas condiciones.
Seguimos
progresando en nuestra excavación por esa zona, sin perder la ilusión, hasta que
nos sorprendió encontrarnos con una superficie
oscura y muy dura, como cristalizada, casi impenetrable, que nos dificultaba el
avance, en donde no se podía identificar nada de apariencia orgánica, que despertase interés.
Aquello empezaba
a echar por tierra los avances en nuestra investigación, y las esperanzas de
lograr algún importante descubrimiento.
Abandonamos la
perforación en profundidad, olvidándonos de estas capas, que no parecía que pudieran darnos dato alguno, por lo que
decidimos volver a las áreas superiores,
Nos centramos
en las inmediaciones de la zona, donde habíamos encontrado los invertebrados,
pero extendiendo ampliamente el área de excavación.
En su
proximidad no descubrimos nuevos materiales orgánicos; solo acúmulos de una
especie de gránulos diminutos, de distintos aspectos, que con nuestros métodos
de análisis no podíamos evaluar.
En vista de
ello cortamos el material, formando bloques cúbicos numerados, para que los
reubicaran en el Laboratorio, reconstruyéndolos con su estructura original, y
decidimos regresar.
Preparamos los
recipientes para su envío y organizamos todo, para volar al Laboratorio central de la Universidad,
a los pocos días.
Llegamos desanimados,
por no haber descubierto algo importante.
Nos parecía, que
los restos del animal encontrado, aunque fueran interesantes por ser una
primicia, seguramente solo representarían
el final de alguna estirpe evolutiva, malograda por el cataclismo, que
hubiese provocado la aparición de aquellos materiales durísimos, que
nos había inducido a suspender la exploración en profundidad.
La llegada al
Laboratorio Central de los últimos bloques de material, estaba provocando un cambio
en la metodología que se venían aplicando hasta entonces.
Había que cartografiar
todo lo recolectado, como si estuviera “in situ”, utilizando técnicas de ecografia,
radiológias, resonancias, emisión de positrones, y luego analizarlo todo con la
microscopia, fluorescencia y cromatografía.
Mediante unas
tecnologías muy complejas, se logró descubrir, que los pequeños gránulos eran
restos biológicos, con características tisulares, pero que se apartaban muchísimo de las que se
observaban en los animales actuales de la
superficie terrestre.
Realmente eran
como vesículas, redondeadas, alargadas o
acampanadas, que quizá se pudiesen comparar con las diminutas medusas, que invaden y se mueven con libertad por todos
los mares, con una especie de cabellera en los extremos, de distintas
proporciones y colorido. En su interior estaban completamente vacías. Sin embargo, estimulando la corteza
aparentemente muerta, en alguna de ellas se descubrió cierta luminosidad
central, que denotaba la existencia de una capacidad energética sorprendente, a
pesar de tener una masa estructural mínima.
Aquello nos hizo
pensar, que quizás hubieran surgido como
consecuencia de alguna descarga poderosa, similar a la producida por el choque
de un gran cuerpo celeste, cuando se habían extinguido los dinosaurios, y que
hubiese transformado, nuevamente, gran parte de la superficie del planeta,
provocando la destrucción y cristalización del terreno, pero aportando a la
Tierra, algunos elementos químicos, hasta entonces inexistentes, “inyectado”,
al mismo tiempo, una energía inmensa, comparable a la que los humanos lograron
con la fisión nuclear, y que seguramente habría provocado notables mutaciones, en los escasos seres que hubiesen sobrevivido,
dando origen a la formación de nuevas especies, con unas características muy
diferentes, de estructura globular, invisibles a las restantes, pero que con la
evolución habrían desarrollado unas capacidades inmensas, dando origen a nuestros antepasados, con una
gran inteligencia, e insignificante masa corporal, permitiendo que se desplegasen
libremente sobre el planeta, pero sin necesidad de arrastrarse pegados a su superficie,
como los animales terrestre y los humanos, sino que pudieran empezar a vivir en la atmosfera
terrestre, hasta los límites de la magnetosfera, de modo parecido a como hacen los peces en el
mar.
Gracias a
unos hallazgos, que en un primer momento considerábamos irrelevantes, aquellos acúmulos de pequeñas esférulas crio
conservadas en las profundidades del hielo, eran el origen de nueva línea evolutiva, que habia llegado
a culminar en la especia actual de los Terrígenas, que habia conseguido
alcanzar la cima de la pirámide de la evolución, como la especia mas desarrollada, al no
necesitar de una estructura corporal
compleja, como los demás animales de la Tierra. De modo que podia vivir con plena
autonomía, en cuatro dimensiones, moviéndonos en el “espacio-tiempo”, circulando
entre pasado y futuro en un instante, a diferencia de los humanos que apresados
en un “espacio” tridimensional, el tiempo
les arrastra a un final inexorable , sin posibilidad de retroceder.
La especie
humana, que nos considerábamos como la mas desarrollada, en la cumbre de la evolución, acabábamos de descubrir la existencia de otra especia superior. Aunque desde hace siglos, haya
habido unos pocos humanos, con una capacidad excepcional, a los que consideraron:
visionarios o “iluminados”, que fueron capaces de intuir su presencia ; si
bien para representarlos, tuvieron que darles una apariencia humana, como si
lo perfecto no pudiera tener otra forma corporal. Sin embargo, sospechando que
pudieran ser superiores, los consideraron dioses o espíritus, pero con sus
mismos vicios, virtudes y sentimientos.
Los Terrígenas,
como una especie mas de la Tierra, viviendo en la cuarta dimensión, con la
capacidad de desplazarse eternamente en
el tiempo, no estan sujetos a las limitaciones de una corta vida, como los
humanos.
Entre todas las
restantes especies, los humanos, solo podríamos conseguir la supervivencia tras la
muerte corporal, cuando gracias a ella, pudiésemos desprendernos del contrapeso de nuestro cuerpo; aunque solo lo alcanzarían aquellos, que hubiesen logrado desarrollar
plenamente sus valores anímico-espirituales, para así poder llegar de la mano
de Beatriz, a la eternidad del Noveno Cielo.









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