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En el Manicomio
..no hay ninguna sociedad ni relación humana que pueda ser placentera y estable sin mi..." (dice La Locura).
Erasmo de Rotterdam
Siempre que puedo, vuelvo al Psiquiátrico, el día de la Fiesta del Enfermo.
Disfruto en el partido de futbol, la comida extraordinaria, la música
regional y el contacto con los enfermos y sus familias.
Desde allí, se ve a lo lejos un mundo diferente; una realidad que no
conocen los externos, obsesionados con
trivialidades que consideran trascendentales; donde los habitantes de grandes
ciudades se mueven alocadamente,
corriendo frenéticos, en busca de algo, que no parecen encontrar. Viven la fantasía que han creado, como si
fueran los reyes del Universo, sin percatarse que son solo seres diminutos;
puntos casi imperceptibles, que como millones de otros se han ido. Es una
sociedad inquieta y precipitada, impaciente por buscar algo que pretende
conseguir, creyendo en su fantasía que van a alcanzar todo lo que pudieran imaginar, sin tener en cuenta que solo
llegarán a vivir un centenar de años.
En el
Sanatorio se vive otra realidad. Allí esta un Fidel Castro sin revoluciones, una Ava
Gardner sin maquillajes, un Hernán Cortes pacificador, pero no el clásico
Napoleón que solo tiene significado para los enfermos de Francia. Sin embargo, nos encontraremos con Marilyn, Einstein
o Yul Brinner, y unos: Fraga, Felipe o Zapatero, capaces de resolver todos los
problemas de la Nación,
y a muchos de los santos mas populares.
Aquella tarde,
después de una opípara comida, paseaba el capellán con Gumersindo, que se sabia Cicerón (no en vano mostraba
orgulloso una verruga en la nariz), cuando se les aproximaba un rustico y sencillo
aldeano. Era el Espíritu santo.
Solemne,
interrumpe la perorata política, para
advertir a D. Ramón, el capellán: " ha de ponerse
firme y saludarle con consideración y respeto, que se nos acerca su Jefe".
Se cruzaron y
saludaron, a lo que un Espíritu santo mayestático, no respondió. Inmediatamente
volvió Sindo a su largo discurso, que concluyó, cuando con énfasis proclamó: ¡Hasta
cuando seguirán abusando de nuestra paciencia!, malgastando y malversando sin
control, en lugar de tener el sentido común, ahora que somos los EE.UU. de
Europa, de crear polígonos industriales en las zonas donde hay paro y esta la
gente sin trabajo, y no permitir
ampliar o abrir nuevas fabricas en lugares de la Unión europea (todavía
Naciones, como Alemania), donde se concentran los complejos industriales, y todo
el mundo tiene trabajo.
De vuelta a los
alojamientos, me pide que lo acompañe a su habitación. Entramos y como fascinado, inmediatamente pega
el oído a la pared. Escucha. Pide que haga lo mismo y obedezco. Me pregunta que
oigo. Tengo que decirle, que no oigo nada.
Satisfecho me responde: - Efectivamente, ¿quien puede decir que estoy loco y que no soy normal?.
Yo por mucho que me esfuerzo a diario, con el oído constantemente pegado a la
pared, "tampoco oigo nada".
No es el Sanatorio un lugar agradable para
vivir, pero no deja de ser útil, saber que
allí, alguien como Gumersindo, sigue pensando en buscar soluciones para
el restablecimiento de la
Utopia; la Arcadia de un mundo feliz,
sin guerras, egoísmo, violencia, ni revoluciones, y alcanzar a el desarrollo, progreso y
florecimiento de la especie humana.


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