AMAZONIA
Una
sociedad diferente
Aquella
mañana, D. Basilio se había levantado muy temprano, desayunó y se fue al Centro de Investigación, como él lo
llamaba.
Llevaba meses
trabajando sobre su proyecto para construir un Espejo del Tiempo, en el que
quería observar las imágenes que se hubiesen producido tiempo atrás, por
haberse reflejado en algún cuerpo celeste, que retasase su llegada, como cuando
miramos las estrellas se ve la luz
producida hace millones de años.
Su pretensión
no era sin embargo, a tan largo plazo, ya que solo intentaba recibir la luz
emitida en la Tierra,
pocos años antes.
Teniendo en
cuenta que la Luna
constituye con la Tierra
una especie de planeta doble, que mantiene siempre la misma cara “visible” frente
a ella, utilizarían el satélite como espejo que tras múltiples reflexiones, permitiera
de observar hechos ocurridos en el pasado.
Con la ayuda
del Prof. Fernández, D. Adolfo y el Dr. Valdés, esperaba lograr, las primeras imágenes de acontecimientos de
la antigüedad, con una calidad de visión aceptable.
Los avances,
primero de la electrónica y luego de la informática, les permitirían
complementar las imágenes visuales con el sonido real de aquel momento, para
observar la realidad de todo lo ocurrido en la Tierra.
Como otro de
sus inseparables compañeros, Horacio Belmonte, estaba muy interesado en los
viajes de Fray Gaspar de Carbajal en el Amazonas, habían decido centrar las
primeras observaciones en el estudio de esa
región, aun hoy inaccesible a la exploración por tierra.
Aquella noche,
después de cenar, Basilio volvió al
Departamento. Instalado en su confortable cabina, pasó mucho tiempo ajustando los aparatos hasta
que por fin pudo de decir, como Arquímedes, lleno de emoción:
"Eureka", al haber logrado conectar el espejo multirreflexor, con el
pasado.
Como por
milagro, aparecieron ante sus ojos las primeras imágenes de la cuenca del río
Amazonas, que poco a poco fueron cobrando mayor nitidez, pudo empezar a observar lo que allí estaba ocurriendo 500 años antes, cuando un grupo de extraordinarios aventureros, bajo las órdenes
del Capitán Francisco de Orellana, lograron descender por el caudaloso río
hasta su desembocadura, luchando unas veces y confraternizando otras con los
diversos pueblos indígenas que habitaban
en sus orillas.
Como en un
alucinante y fabuloso televisor, que
hubiera habido entonces, apareció en su espejo la extraordinaria expedición de 57 hombres que descendía por el río Negro hasta entrar en el Amazonas,
a bordo de dos primitivas embarcaciones a las que pomposamente llamaban
bergantines; uno de los cuales, el mayor, lo
habían construido en medio de la selva, teniendo que fundir allí mismo
los clavos, que utilizaron en la clavazón del forro y las cuadernas.
Al inicio de la
navegación hallaron pequeños poblados de humildes y modestos indígenas, que
sorprendidos ante aquellos guerreros de piel blanca y extraña indumentaria, los
acogían pacíficamente, como si fuesen dioses,
y les suministraban algunas de las pocas provisiones con que contaban.
Sin embargo, a
medida que se avanzaban se iban encontrando con tribus cada vez mas numerosas y
belicosas, con las que muchas veces hubieron de luchar.
Siguieron
navegando con dificultad por la corriente de algunos rápidos, hasta llegar río
abajo a amplias llanuras en donde el río se ensanchaba notablemente. Eran tierras cada vez mas fértiles, hasta llegar
a alcanzar las que habían de llamar País de la Canela, donde abundaban las
plantas aromáticas, el maíz, avena, piña, peras, ciruelas y aguacates,
entre bosques de robles, alcornoques y
encinas. Abundaban los peces de gran
tamaño y diversos animales: conejos,
liebres, guanacos, tortugas, pavos y papagayos.
El 14 de
Junio, festividad de San Juan Bautista, se acercaban a la orilla para buscar un
lugar donde celebrar la fiesta, cuando fueron sorprendidos por indígenas que
desde tierra les atacaban y trataban de bloquearles el paso. Aparecieron pronto
numerosísimas canoas repletas de belicosos guerreros que los recibieron con
inusitada violencia, hostigándoles con sus flechas y jabalinas en tal cantidad,
que dejaron los bergantines acribillados como puercoespines; a lo hubieron de
responder con los escasos medios con que
contaban: espadas, ballestas y algunos arcabuces, más disuasorios por el ruido
de sus estampidos, que por la eficacia de la metralla.
Quedaron
sorprendidos, cuando se percataron que aquel ejército no estuviera formado
exclusivamente por hombres, como era lo habitual, sino que eran figuras
femeninas las que destacaban dirigiendo el combate. Se trataba de intrépidas
mujeres de piel blanca y armoniosa figura, que daban las ordenes a los
combatientes que luchaban con ardor, incapaces
volver la espalda o retroceder frente a los enemigos, ante la seguridad de que serian
apaleados o muertos por ellas si retrocedían.
En el fragor
de la refriega, entre los muchos heridos, fue Fray Gaspar de Carbajal, quien
sufrió el impacto de una flecha en la cabeza, que le atravesó la orbita hasta
el interior del cráneo, al que sus
compañeros no le pudieron prestar ayuda, dejándolo por muerto.
Era tal la
violencia del combate que hubieron de batirse en retirada. Buscando la
protección que les daba alejarse de la orilla, acercaron los bergantines a una
escarpada isla deshabitada, situada en el centro del río, desde cuya cima
lograron vigilar y defenderse de nuevos ataques. Pasaron allí varios días,
tratando de reponerse de la derrota, curando a los heridos y reparando los
barcos, sin volver a ser hostigados por ningún indígena.
A las dos
semanas, cuando estaban en disposición de continuar la navegación río abajo,
oyeron gritos de alguien que desde la orilla hacía señas tratando de llamarles
la atención, como pidiendo ayuda.
Con cautela se
acercaron en una canoa y no tardaron en
reconocer que aquella figura envuelta en una amplia tunica de llamativos
colores, que ocultaba el rostro bajo una tupida barba, no era otro que Fray Gaspar, que malherido había perdido un ojo.
Era un ferviente
religioso dominico, cronista de la expedición, que acompañaba a los
colonizadores con el propósito de darles apoyo espiritual y evangelizar a los indígenas, que ya desde año
1516, por orden del Rey de España, habían de gozar de los mismos derechos que
cualquier vasallo de los reinos de Castilla.
Lo recibieron
emocionados, con inmensas muestras de cariño.
Les contó como malherido,
casi moribundo, en medio de la refriega, había sido hecho prisionero por
aquellas mujeres indígenas, que quizá extrañadas del hábito de dominico que
vestía, en lugar de indumentaria guerrera, le trasladaron primero a su
campamento y luego a uno de sus poblados.
Seguramente
habría pasado muchos días inconsciente, cuando "despertó" y se
encontró en compañía de otros heridos, en una amplia y confortable sala.
Quedo gratamente
sorprendido del cuidado con que era tratado y de los buenos resultados que le
producían aquellos extraños tratamientos, con los que le estaban salvando la
vida.
Observó que le
habían aplicado sobre algunas heridas diversos emplastos a base de grasas y
sustancias vegetales.
Otras lesiones
purulentas o de peor aspecto, se las recubrían con ciertos de mohos, para facilitar el crecimiento de nuevos tejidos
sanos y vigorosos. Sintió, sin embargo, una gran repugnancia y
temor cuando se percató de que sobre una
extensa y profunda herida de su
abdomen, se movían lo que parecían repugnantes
gusanos o larvas de insectos. Al verlo despierto y asustado, una de
aquellas mujeres se le acercó para tratar de explicarle que no se debía de
preocupar, pues aquellos bichitos que se extendían por la herida no eran
dañinos, sino que le estaban limpiando la herida, "comiéndose" las
partes putrefactas o necrosadas, pero preservando las partes vitales.
A su lado, se
recuperaba un herido, que había sufrido un amplio y profundo corte de tres
palmos de longitud, quizá producido por algún arma de acero toledano, pero que cicatrizaba
perfectamente, tras haberla recubierto de
un vendaje constituido por una pegajosa
y resistente telaraña, con la que aproximaran los bordes de la herida para
facilitar la rápida cicatrización.
Supo que utilizaban
además, como medicamento diversos minerales: azufre, hierro, mercurio y
arsénico, a los que atribuían un efecto curativo.
Vio como aplicaban
una especie de barro o arcilla, con el que recubrían las extremidades
fracturadas, para acelerar la recuperación.
En otros casos hacían uso de una extraña “terapia inmunda” a base de excrementos de animales, con los que lograban reducir la inflamación de los traumatismos cerrados.
Delicada y
perfectamente atendido, en el silencio de aquella gran sala a media luz, sentía
el recogimiento que se pudiese respirar en el interior de un templo. De hecho
supo que precisamente allí, antes de cualquier intervención, más o menos
complicada, como si de algo mágico se tratase, invocaban a los fetiches o
figuras que presidían la estancia, a los que invocaban, para así facilitar la curación
con alguno de los de remedios naturales, que las "divinidades" habían
puesto a su disposición.
Aprovechaban,
con eficacia probada, el potencial de algunos
pequeños animales simbólicos, que
debían que tragarse enteros para "apoderarse" de su energía.
Disponían de
gran cantidad de plantas, con efecto
analgésico, para amortiguar los dolores intensos.
Cuando la
curación parecía difícil o imposible utilizaban sustancias extraídas de ciertos
hongos o cactus, que gracias a sus efectos, quizá mas mágicos que medicinales, les permitían llegar a contactar
con las divinidades, que les ayudarían a sobrevivir, o a que los moribundos
tuviesen una agonía mas llevadera, en
estrecho contacto con sus dioses. Quizá por ignorar, pensaba el bueno de Fray
Gaspar de Carvajal, que mas allá quien
les estaba esperando era el verdadero Dios, que todavía no habían llegado a
conocer.
Con todos
aquellos remedios, que le estuvieran
aplicando, habían conseguido salvarle la
vida, a pesar de haber sufrido aquella gravísima herida que le ocasiono la
perdido de un ojo, por una flecha, que le había llegado a alcanzar el cerebro.
Les contó, que
aquellas que hasta entonces habían considerado feroces mujeres, realmente lo
único que pretendían en aquella encarnizada lucha, era defender su territorio y
mantener el bienestar, que con sumo esfuerzo habían conseguido.
Durante su estancia, pudo enterarse con de cierto
detalle de otros muchos aspectos, sorprendentes, de la vida de aquellas mujeres
amazónicas.
Ocupaban una
amplia y rica región con diversos poblados. Disponían de una importante red de
caminos de comunicación entre todos ellos; muchas veces cercados y
pavimentados. Utilizaban llamas y diversos camélidos como animales de carga para el transporte.
Habitaban
viviendas de piedra, escrupulosamente limpias, blanqueadas y
confortables. Vestían ropas de
vistosos colores, confeccionadas con lana de vicuña, que teñían con variados
pigmentos.
Contaban con
abundantes riquezas y tenían grandes
templos, las casas del Sol, en donde veneraban ídolos de piedra, barro y madera,
e incluso de oro y plata, con figura de mujer.
Habían
alcanzado un nivel cultural alto, muy superior al de todos los indígenas que
hasta entonces habían conocido.
No eran
violentas, como habían creído en un primer momento, sino más bien pacificas,
aunque muy capaces y preparadas para la lucha, si tenían que defenderse.
Vivian en una ambiente de gran confraternidad, para el
desarrollo, conservación y protección de
la especie; con un sistema social
matriarcal en cada poblado y una Gran Señora, que residía en la capital.
Le extrañó al
bueno de Fray Gaspar, aquella
organización tan diferente de los pueblos europeos, y en su ingenuidad
quedó sorprendido de que todavía no estuvieran iluminados por el mensaje
cristiano.
Supo que como norma no tenia hombres en sus
poblados, pero los acogían temporalmente cuando los necesitaban.
Dominaban las
tribus gobernadas por indígenas masculinos, de los que se aprovechaban
para obtener sus embarazos. Las más
jóvenes, en edad fértil elegían en las tribus próximas los hombres mas capaces
o atractivos a los que cuidaban y respetaban como a un manantial cuya agua necesitas, atendiéndolos con esmero, utilizándolos a su gusto para su satisfacción y lograr la
continuidad de la especie.
Las niñas que
nacían quedaban incorporadas a su pueblo, mientras que a los varones los
devolvían con sus padres a los poblados
sometidos, que mantenían con ellas una relación de vasallaje.
Las mujeres viviendo solas o agrupadas atendiendo todo
tipo de actividades según su capacidad, desde
la agricultura y la ganadería hasta la minería y la construcción. Las más
expertas dirigían el trabajo y la defensa del territorio y aleccionaban a las más
jóvenes, sin experiencia.
Constituían una sociedad muy solidaria, manteniendo
una estrecha colaboración dentro de un escrupuloso orden, sujetas a lo que
parecían las Leyes de la Naturaleza,
que les marcaba su Diosa Sol a la que adoraban.
Fray Gaspar
regreso a nuestras naves sorprendido y agradecido de aquellas mujeres a las que
había llegado a admirar y respetar.
Lo devolvieron,
con el compromiso de que todos los aventureros
se marchasen en breve, río abajo, después de haberles devuelto a los
pocos indígenas que había hecho
prisioneros.
Así se hizo y zarparon
al día siguiente.
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Aquella
mañana hubo un gran revuelo.
Nadia sabía
donde se podía encontrar D. Basilio.
No había ido a
desayunar.
Tampoco estaba
en su habitación. Allí todo estaba en orden. No parecía que hubiera señales de
violencia.
Alguien llegó a pensar, si lo habrían secuestrado.
¿Quién hubiera
querido hacerlo?.
¿Seria por las
investigaciones que estaba realizando, o por el mucho dinero que tenia su
familia ?.
Seguramente no
habría dormido en su cama, que no estaba deshecha.
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La noche
anterior, sin decir nada, después de cenar había vuelto a su Laboratorio, y
tras varias horas de observación cayó rendido y se quedo dormido.
Fue allí donde
lo encontraron sus compañeros. Recostado
sobre su mesa frente a la pantalla de su espejo, en la sala de
Laborterapia del Psiquiátrico, a donde había ido después de cenar.
Despertó satisfecho, al verse rodeado de sus amigos y
compañeros de investigación, a los que tanto tenia que contarles.
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