sábado, 21 de junio de 2014

7-AMAZONIA.- Una sociedad diferente.






                                 AMAZONIA
                   Una  sociedad  diferente



                        


    Aquella mañana, D. Basilio se había levantado muy temprano, desayunó y se fue  al Centro de Investigación, como él lo llamaba.
   Llevaba meses trabajando sobre su proyecto para construir un Espejo del Tiempo, en el que quería observar las imágenes que se hubiesen producido tiempo atrás, por haberse reflejado en algún cuerpo celeste, que retasase su llegada, como cuando miramos las estrellas se ve  la luz producida hace millones de años.
   Su pretensión no era sin embargo, a tan largo plazo, ya que solo intentaba recibir la luz emitida en la Tierra, pocos años antes.
 Teniendo en cuenta que la Luna constituye con la Tierra una especie de planeta doble, que mantiene siempre la misma cara “visible” frente a ella, utilizarían el satélite como espejo que tras múltiples reflexiones, permitiera de observar hechos ocurridos en el pasado.

    Con la ayuda del Prof. Fernández, D. Adolfo y el Dr. Valdés, esperaba lograr,  las primeras imágenes de acontecimientos de la antigüedad, con una calidad de visión aceptable.  
  Los avances, primero de la electrónica y luego de la informática, les permitirían complementar las imágenes visuales con el sonido real de aquel momento, para observar la realidad de todo lo ocurrido en la Tierra.
   Como otro de sus inseparables compañeros, Horacio Belmonte, estaba muy interesado en los viajes de Fray Gaspar de Carbajal en el Amazonas, habían decido centrar las primeras observaciones  en el estudio de esa región, aun hoy inaccesible a la exploración por tierra.  
  Aquella noche, después de cenar,  Basilio volvió al Departamento. Instalado en su confortable cabina, pasó   mucho tiempo ajustando los aparatos hasta que por fin pudo de decir, como Arquímedes, lleno de emoción: "Eureka", al haber logrado conectar el espejo multirreflexor, con el pasado.
  Como por milagro, aparecieron ante sus ojos las primeras imágenes de la cuenca del río Amazonas, que poco a poco fueron cobrando mayor nitidez, pudo empezar a  observar lo que allí estaba ocurriendo  500 años antes, cuando un grupo de  extraordinarios aventureros, bajo las órdenes del Capitán Francisco de Orellana, lograron descender por el caudaloso río hasta su desembocadura, luchando unas veces y confraternizando otras con los diversos pueblos indígenas que  habitaban en sus orillas.

   Como en un alucinante y fabuloso  televisor, que hubiera habido entonces, apareció en su espejo la extraordinaria  expedición de 57 hombres que descendía  por el río Negro hasta entrar en el Amazonas, a bordo de dos primitivas embarcaciones a las que pomposamente llamaban bergantines; uno de los cuales, el mayor, lo  habían construido en medio de la selva, teniendo que fundir allí mismo los clavos, que utilizaron en la clavazón del forro y las cuadernas.
 Al inicio de la navegación hallaron pequeños poblados de humildes y modestos indígenas, que sorprendidos ante aquellos guerreros de piel blanca y extraña indumentaria, los acogían pacíficamente, como si fuesen dioses,  y les suministraban algunas de las pocas provisiones con que contaban.
 Sin embargo, a medida que se avanzaban se iban encontrando con tribus cada vez mas numerosas y belicosas, con las que muchas veces hubieron de luchar.

 Siguieron navegando con dificultad por la corriente de algunos rápidos, hasta llegar río abajo a amplias llanuras en donde el río se ensanchaba notablemente.  Eran tierras cada vez mas fértiles, hasta llegar a alcanzar las que habían de llamar País de la Canela, donde abundaban las plantas aromáticas, el maíz, avena, piña, peras, ciruelas y aguacates, entre  bosques de robles, alcornoques y encinas.  Abundaban los peces de gran tamaño y diversos animales: conejos,  liebres, guanacos, tortugas, pavos y papagayos.
   El 14 de Junio, festividad de San Juan Bautista, se acercaban a la orilla para buscar un lugar donde celebrar la fiesta, cuando fueron sorprendidos por indígenas que desde tierra les atacaban y trataban de bloquearles el paso. Aparecieron pronto numerosísimas canoas repletas de belicosos guerreros que los recibieron con inusitada violencia, hostigándoles con sus flechas y jabalinas en tal cantidad, que dejaron los bergantines acribillados como puercoespines; a lo hubieron de responder  con los escasos medios con que contaban: espadas, ballestas y algunos arcabuces, más disuasorios por el ruido de sus estampidos, que por la eficacia de la metralla.
   Quedaron sorprendidos, cuando se percataron que aquel ejército no estuviera formado exclusivamente por hombres, como era lo habitual, sino que eran figuras femeninas las que destacaban dirigiendo el combate. Se trataba de intrépidas mujeres de piel blanca y armoniosa figura, que daban las ordenes a los combatientes que luchaban con ardor, incapaces  volver la espalda o retroceder frente a los  enemigos, ante la seguridad de que serian apaleados o muertos por ellas si retrocedían.  

  En el fragor de la refriega, entre los muchos heridos, fue Fray Gaspar de Carbajal, quien sufrió el impacto de una flecha en la cabeza, que le atravesó la orbita hasta el interior del cráneo,  al que sus compañeros no le pudieron prestar ayuda, dejándolo   por muerto.
  Era tal la violencia del combate que hubieron de batirse en retirada. Buscando la protección que les daba alejarse de la orilla, acercaron los bergantines a una escarpada isla deshabitada, situada en el centro del río, desde cuya cima lograron vigilar y defenderse de nuevos ataques. Pasaron allí varios días, tratando de reponerse de la derrota, curando a los heridos y reparando los barcos, sin volver a ser hostigados por ningún indígena.
  A las dos semanas, cuando estaban en disposición de continuar la navegación río abajo, oyeron gritos de alguien que desde la orilla hacía señas tratando de llamarles la atención, como pidiendo  ayuda.
  Con cautela se acercaron en una canoa  y no tardaron en reconocer que aquella figura envuelta en una amplia tunica de llamativos colores, que ocultaba el rostro bajo una tupida barba,  no era otro que Fray Gaspar, que  malherido había perdido un ojo.
 Era un ferviente religioso dominico, cronista de la expedición, que acompañaba a los colonizadores con el propósito de darles apoyo espiritual y  evangelizar a los indígenas, que ya desde año 1516, por orden del Rey de España, habían de gozar de los mismos derechos que cualquier vasallo de los reinos de Castilla.
 Lo recibieron emocionados, con inmensas muestras de cariño.
 Les contó como malherido, casi moribundo, en medio de la refriega, había sido hecho prisionero por aquellas mujeres indígenas, que quizá extrañadas del hábito de dominico que vestía, en lugar de indumentaria guerrera, le trasladaron primero a su campamento y luego a uno de sus poblados.
   Seguramente habría pasado muchos días inconsciente, cuando "despertó" y se encontró en compañía de otros heridos, en una amplia y confortable sala.
 Quedo gratamente sorprendido del cuidado con que era tratado y de los buenos resultados que le producían aquellos extraños tratamientos, con los que le estaban salvando la vida.
 Observó que le habían aplicado sobre algunas heridas diversos emplastos a base de grasas y sustancias  vegetales.
 Otras lesiones purulentas o de peor aspecto, se las recubrían con ciertos de mohos, para  facilitar el crecimiento de nuevos tejidos sanos y vigorosos.   Sintió, sin embargo, una gran repugnancia y temor cuando se percató de que sobre una  extensa y profunda  herida de su abdomen, se movían lo que parecían repugnantes  gusanos o larvas de insectos. Al verlo despierto y asustado, una de aquellas mujeres se le acercó para tratar de explicarle que no se debía de preocupar, pues aquellos bichitos que se extendían por la herida no eran dañinos, sino que le estaban limpiando la herida, "comiéndose" las partes putrefactas o necrosadas, pero preservando las partes vitales.

 A su lado, se recuperaba un herido, que había sufrido un amplio y profundo corte de tres palmos de longitud, quizá producido por algún arma de acero toledano, pero que cicatrizaba perfectamente, tras  haberla recubierto de un vendaje constituido por una  pegajosa y resistente telaraña, con la que aproximaran los bordes de la herida para facilitar la rápida cicatrización.
 Supo que utilizaban además, como medicamento diversos minerales: azufre, hierro, mercurio y arsénico, a los que atribuían un efecto curativo.
 Vio como aplicaban una especie de barro o arcilla, con el que recubrían las extremidades fracturadas, para acelerar la recuperación.
En otros casos hacían uso de una extraña  “terapia inmunda” a base de excrementos  de animales, con los que lograban  reducir la inflamación de los  traumatismos cerrados.
  Delicada y perfectamente atendido, en el silencio de aquella gran sala a media luz, sentía el recogimiento que se pudiese respirar en el interior de un templo. De hecho supo que precisamente allí, antes de cualquier intervención, más o menos complicada, como si de algo mágico se tratase, invocaban a los fetiches o figuras que presidían la estancia, a los que invocaban, para así facilitar la curación con alguno de los de remedios naturales, que las "divinidades" habían puesto a su disposición.
  Aprovechaban, con eficacia probada, el potencial de algunos  pequeños  animales simbólicos, que debían que tragarse enteros para "apoderarse" de su energía.
  Disponían de gran cantidad de plantas,  con efecto analgésico, para amortiguar los dolores intensos.
 Cuando la curación parecía difícil o imposible utilizaban sustancias extraídas de ciertos hongos o cactus, que gracias a sus efectos, quizá mas mágicos que  medicinales, les permitían llegar a contactar con las divinidades, que les ayudarían a sobrevivir, o a que los moribundos tuviesen  una agonía mas llevadera, en estrecho contacto con sus dioses. Quizá por ignorar, pensaba el bueno de Fray Gaspar de Carvajal, que mas allá  quien les estaba esperando era el verdadero Dios, que todavía no habían llegado a conocer.
   Con todos aquellos remedios, que le  estuvieran aplicando, habían  conseguido salvarle la vida, a pesar de haber sufrido aquella gravísima herida que le ocasiono la perdido de un ojo, por una flecha, que le había llegado a alcanzar el cerebro.
 Les contó, que aquellas que hasta entonces habían considerado feroces mujeres, realmente lo único que pretendían en aquella encarnizada lucha, era defender su territorio y mantener el bienestar, que con sumo esfuerzo habían conseguido.
Durante su estancia, pudo enterarse con de cierto detalle de otros muchos aspectos, sorprendentes, de la vida de aquellas mujeres amazónicas.

 Ocupaban una amplia y rica región con diversos poblados. Disponían de una importante red de caminos de comunicación entre todos ellos; muchas veces cercados y pavimentados. Utilizaban llamas y diversos camélidos  como animales de carga para el transporte.
 Habitaban viviendas de piedra, escrupulosamente limpias, blanqueadas  y  confortables. Vestían  ropas de vistosos colores, confeccionadas con lana de vicuña, que teñían con variados pigmentos.
 Contaban con abundantes riquezas y tenían  grandes templos, las casas del Sol, en donde veneraban ídolos de piedra, barro y madera, e incluso de oro y plata, con figura de mujer.
 Habían alcanzado un nivel cultural alto, muy superior al de todos los indígenas que hasta entonces habían  conocido. 
 No eran violentas, como habían creído en un primer momento, sino más bien pacificas, aunque muy capaces y preparadas para la lucha, si tenían que defenderse.
Vivian en una ambiente de gran confraternidad, para el desarrollo,  conservación y protección de la especie;  con un sistema social matriarcal en cada poblado y una Gran Señora, que residía en la capital.
 Le extrañó al bueno de Fray Gaspar, aquella  organización tan diferente de los pueblos europeos, y en su ingenuidad quedó sorprendido de que todavía no estuvieran iluminados por el mensaje cristiano.
  Supo que como norma no tenia hombres en sus poblados, pero los acogían temporalmente cuando los necesitaban.
 Dominaban las tribus gobernadas por indígenas masculinos, de los que se aprovechaban para  obtener sus embarazos. Las más jóvenes, en edad fértil elegían en las tribus próximas los hombres mas capaces o atractivos  a los que  cuidaban y respetaban como a un  manantial cuya agua necesitas, atendiéndolos  con esmero, utilizándolos  a su gusto para su satisfacción y lograr la continuidad de la especie.  

 Las niñas que nacían quedaban incorporadas a su pueblo, mientras que a los varones los devolvían con sus padres a los  poblados sometidos, que mantenían con ellas una relación de vasallaje.  
Las mujeres viviendo solas o agrupadas atendiendo todo tipo de actividades  según su capacidad, desde la agricultura y la ganadería hasta la minería y la construcción. Las más expertas dirigían el trabajo y la defensa del territorio y aleccionaban a las más jóvenes, sin experiencia.  
Constituían una sociedad muy solidaria, manteniendo una estrecha colaboración dentro de un escrupuloso orden, sujetas a lo que parecían las Leyes de la Naturaleza, que les marcaba su Diosa Sol a la que adoraban.
   Fray Gaspar regreso a nuestras naves sorprendido y agradecido de aquellas mujeres a las que había llegado a admirar y respetar.
 Lo devolvieron, con el compromiso de que todos los aventureros  se marchasen en breve, río abajo, después de haberles devuelto a los pocos indígenas que  había hecho prisioneros.
 Así se hizo y zarparon al día siguiente.

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     Aquella mañana  hubo un gran revuelo.
     Nadia sabía donde se podía encontrar D. Basilio.
     No había ido a desayunar.
    Tampoco estaba en su habitación. Allí todo estaba en orden. No parecía que hubiera señales de violencia.
    Alguien  llegó a pensar,  si lo habrían secuestrado.
   ¿Quién hubiera querido hacerlo?. 
  ¿Seria por las investigaciones que estaba realizando, o por el mucho dinero que tenia su familia ?.
  Seguramente no habría dormido en su cama, que no estaba deshecha.

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      La noche anterior, sin decir nada, después de cenar había vuelto a su Laboratorio, y tras varias horas de observación cayó rendido y se quedo dormido.

       Fue allí donde lo encontraron sus compañeros.  Recostado sobre su mesa  frente  a la pantalla de su espejo, en la sala de Laborterapia del Psiquiátrico, a donde había ido después de cenar.
                   
Despertó satisfecho, al verse rodeado de sus amigos y compañeros de investigación, a los que tanto tenia que contarles.

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